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Los cambios que sobrevienen ni te gustan ni te gustarán. Pero no te queda más remedio que soportarlos con la mayor entereza posible y una gran sonrisa falsa, para que nadie sospeche que en realidad las cosas más nimias te duelen cual estaca clavada en el pecho. No dejas de echar de menos, simplemente te acostumbras a convivir con ello. Y cada vez echas más de menos. Tanto es así que no te apetece salir y conocer sitios nuevos ni tan siquiera adaptarte a nuevas costumbres. ¿Para qué? Si al final va a cambiar, y será un lastre más en tu equipaje. Mejor con lo poco conocido, que la maleta ya pesa demasiado y aún mucho camino por andar.

SME

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