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¿Nunca os ha pasado eso de leer un artículo y sentir la imperiosa necesidad de escribir? Pues a mí sí, de hecho ahora mismo estoy escribiendo por ese motivo. Acabo de finalizar la lectura de un artículo con el que me he sentido muy identificada y me ha hecho recordar miles de momentos. Realmente me ha hecho pensar mucho, muchísimo, muchísimo más de lo que ya lo hago habitualmente.

¡Cuántas veces no habré sentido esa impotencia de mirar el teléfono, querer escribirle y no ser capaz! Irónicamente esa era la opción acertada, porque cada vez que reunía valor para escribir no acertaba a poner las palabras adecuadas. Y aquí no hablo de estar en línea y del doble check, pero… ¿y esos momentos esperando en el balcón? ¡Cuando la opción de mandar mensajes y tener algún juego en el móvil eran lo más en un teléfono! Enviabas un mensaje. “Ya he llegado y esta noche no tengo planes, ¿nos vemos?” Y no había respuesta. Y te asomabas a la ventana. Igual quería darte una sorpresa por eso no contestaba.  Pero pasaban las horas y seguía sin aparecer. Ya no te asomabas a la ventana, te sentabas en el balcón viendo pasar la tarde con la esperanza de que alguna de las personas que apareciesen por esa esquina fuese él. Pero no. “¿Le habrá llegado el mensaje? Igual no, o no lo ha podido leer. Lo llamo” Te levantabas del suelo e ibas hacia la habitación con la firme decisión de hacer la llamada. Cogías el teléfono, buscabas su nombre en la agenda… ¡no! no te hacía falta, te sabías perfectamente su número de memoria. Y cuando ya lo tenías en la pantalla, justo en ese momento en el que el dedo se dirigía a la tecla de marcar, justo ahí te detenías. “¿Y si lo ha leído y no quiere venir? ¿O no puede? ¿Y si le parezco una pesada? Quizá lo molesto, porque si sabe que estoy y ni ha contestado ni ha venido, por algo será.” Te planteas hasta mandarle un segundo mensaje, parece algo menos invasivo que una llamada, pero tampoco te convence la idea. Ahora mismo ya estás llena de dudas, porque claro, no le habéis puesto nombre a lo que sois, si es que sois algo. El miedo y las dudas se apoderan de ti, te haces pequeña pensando en por qué no está ahí contigo, ¡si tú te mueres de ganas de verlo! Claro que… igual hubiera estado bien decírselo alguna vez, para que en lugar de pensar que lo sabe, lo sepa. Finalmente optas por dejar el teléfono donde estaba y te vas al balcón, pero a cerrar la puerta. Mañana será otro día, a ver si con más suerte, hoy ya cenar, tele y pa’ la cama. Sin embargo, aún antes de dormir, vuelves al balcón a echar un último vistazo…

 

SME

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