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Escribamos para dejar de pensar, escribamos para olvidar. Escribamos para sentirnos libres, escribamos, sin más. ¡Cómo me gusta usar el plural mayestático! Desde que me lo enseñaron en el colegio no he parado. Parece que todo suena mejor, aunque realmente sabemos que detrás de estas líneas tan sólo me hallo yo.

Después de un fin de semana recuperador, toca darle un par de vueltas a una situación que me ronda la cabeza. Y como lo cierto es que no me apetece estar toda la semana pensando día y, sobretodo, noche, he decidido que cuanto antes escriba sobre ella antes me quitaré un peso de encima. Así que como ya he iniciado hace unas líneas, escribamos.

Todos tenemos defectos y todos tenemos virtudes. Aunque yo no consigo ver mis virtudes con claridad (si es que las tengo), algunos de mis defectos son de sobra conocidos. Reconozco ser impaciente, pero es algo que poco a poco he ido controlando y que a día de hoy no se me va tanto de las manos. ¿Demasiado competitiva? Depende para qué, hay en cosas que nunca me picarás, sin embargo para otras ya me hago cargo yo de generar un clima adecuado. ¿Tímida? Mucho menos que hace unos años, pero mientras que para los extrovertidos un simple hola no es más que un saludo, para los de mi clan es un mar de inseguridades. Bicho raro a mucha honra, aunque los que me conocen de verdad afirman que soy mucho más normal de lo que muestro y de lo que me gustaría, y aunque me niego a reconocerlo puede que tengan razón. Pero si hay un denominador común en mis defectos, ese es la cabezonería. Obstinación si preferimos usar el eufemismo. Lo sé, lo sé. No es para tanto, en fin… Pero es que hoy en clase me he quedado pensando en cómo se puede diferenciar la cabezonería de creer en algo, de tener principios, respetarlos y defenderlos o de necesitar argumentos para cambiar de opinión. He estado escuchando a la gente en clase, cada uno defiende sus ideales, todos respetables y distintos, pero… ¿somos todos cabezones o simplemente creemos en algo y lo defendemos? Llevo años creyendo que soy una persona con la que se puede razonar, una persona que escucha, una persona diplomática… Y lo creo porque la misma gente que afirma que soy cabezona me dice que atiendo a todos los puntos de vista e intento buscar el punto intermedio, ser objetiva, razonable, una persona que busca diferentes explicaciones a un mismo problema, alguien que no se cierra en banda. Siempre he procurado mejorar en todos aquellos aspectos en los que sé que fallo. Por eso ahora me preocupo. ¿Cómo puedo saber cuando estoy defendiendo mis ideales de una manera noble y loable y cuando estoy rebasando el límite llegando al terreno de la tozudez? Quiero pensar que hay una situación que todos hemos vivido, esa en la que sabemos que no damos el brazo a torcer intencionadamente, en la cual sabemos que no tenemos razón pero seguimos “erre que erre” en “nuestras trece”. Pero eso ya no es cabezonería, eso es tocar las narices. Por cierto, esto generalmente me pasa con mi hermano, no sé a vosotros. Exceptuando casos como éste, ¿qué ocurre en esas conversaciones donde se están debatiendo diferentes temáticas y hay diversidad de opiniones? Cada uno expone sus ideas y las argumenta como cree oportuno. Cuando llega tu turno y alguien te rebate, ¿qué es lo correcto?, ¿dar la razón sin más explicaciones?, ¿hay que cambiar de opinión si no es la misma que tienen los demás?, ¿eso no es rendirse? Quizá llevo toda mi vida confundida, y eso sí me preocupa, pero siempre me dijeron que pelee por aquello en lo que creo, que escuche a todo el mundo, que analice la información y que cambie mis principios si lo creo necesario y estoy de acuerdo con el cambio. Cambiar es un proceso que forma parte de la vida y es maravilloso, pero también lo es tener unas convicciones y unos principios que defender, aunque estos puedan variar con el paso de los años. ¿Dónde se encuentra entonces esa línea que separa la tozudez de la integridad?

¿Sabéis una cosa? Me acabo de dar cuenta de un detalle. Le estoy dando vueltas a todo esto por una persona con la que ni siquiera sé por qué piensa eso de mí. Hay muchas cosas diferentes en mí, unas porque antes no me atrevía a hacerlas y ahora sí, otras porque me ha parecido oportuno y me apetecía el cambio, pero dejar de creer en mí y en mis ideas, y cambiarlas por las de otra persona porque sí, no entra en mis planes.

SME

PD: Necesito saber qué es lo que le he hecho.

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