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Difícil, pero no imposible. Fácil, pero no sencillo. Duro, pero no irrompible. Frágil, pero resistente. Momentos llenos de nuestros némesis que nos complementan, así como lo hacen el blanco y el negro o el bien y el mal. ¿Sabríamos quiénes somos en realidad si no hubieramos cometido antes errores? ¿Qué decisiones nos convierten en personas más sabias? ¿Aquellas en las que acertamos o  aquellas en las que nos equivocamos? La capacidad de decisión ya es todo un logro, pero sin duda es el error quien nos muestra más cosas. Nos dice lo que hemos hecho mal, y por que ha sido. Rara vez se analiza el acierto, nos quedamos con las sensaciones banales y triviales que produce, perdiendo en la meta todo lo aprendido por el camino. Con el error echamos la vista atrás, lo suficiente y un poco más, para poder observar cada movimiento realizado, para saber dónde comenzó la cadena de errores que nos llevó al fatídico momento. Y cuando acabas con ese análisis, no olvidas nada. Aunque te quieres quedar con lo bueno, y con parte te quedas, lo malo hace mella en ti, deja una huella difícil de olvidar. Y te arrepientes de haber desaprovechado esa oportunidad, porque nunca sabes si tendrás una segunda en la que aplicar lo aprendido. Y aunque dicen, y es cierto, que lo importante no es llegar a la meta, sino lo aprendido en el camino, no veas cómo duele no recorrerlo contigo.

SME

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